El 19 de febrero, el gran Alfredo Bryce Echenique cumplió 87 años. El escritor peruano vivo más importante, cuya maestría narrativa, a trancas y barrancas, no tiene igual en Hispanoamérica. Hace unos años celebré su cumpleaños con un artículo sobre mis 5 libros de Bryce. ¡Larga vida!
Tengo la imagen de aquel desembarco en el aeropuerto Charles de Gaulle, el tipo del control que se demora con el pasaporte y que debe metérselo al culo si tanto le gusta, de profesión escritor, sí, escritor, hablándole a Sophie, mientras, seguramente, Virginia lo observaba confundida, con el temor de continuar enamorada de Pedro, por lo que vivieron en Berkeley, y ese mismo avión que los trajo a París. Yo también hubiera muerto por Sophie, pero también hubiera muerto por Virginia, más aún por Claudine, un poco por Beatrice, aunque hubiera durado más de esos veintitrés días que fueron atroces…
Tantas veces Pedro es mi novela por excelencia de Bryce Echenique; pero desde luego no fue la primera novela que leí de él. Recuerdo que un viernes del año 97, luego de aquel tradicional partido de fulbito con mis amigos de colegio en la canchita de Santa Eulalia, en San Miguel, me compré el ejemplar más pirata que pudo haber existido de Un mundo para Julius –la carátula color morado sin ningún diseño más que el título de la novela con letras medios góticas, papel bulky, y tamaño bolsillo–; devoré la novela en pocos días y con una propina paterna me compré en seguida un ejemplar de Peisa, tercera edición, en la librería Época de la Av. Pardo, en Miraflores; ejemplar que ya no conservo, que aparentemente obsequié a una exnovia o lo vendí para complacer a otra chica. Semanas después, le volví a comprar otro libro pirata de Bryce al mismo señor ubicado en la calle Leoncio Prado, a cinco cuadras de mi colegio, en Magdalena del Mar; compré No me esperen en abril, y de inmediato me sentí Manongo Sterne, además y todavía, destrozado por una Tere Mancini, que en mi caso era una chica que no adoraba las caminatas y butifarras, sino el perro Odie, de Garfield.
En esa época Bryce me representaba casi fielmente, contaba mi historia en sus historias de amor y amistad; esta vez mi propina no alcanzó para adquirir la edición de Peisa. Releía y releía la vida adolescente de Manongo, que algunos críticos han catalogado como la continuación de Un mundo para Julius; es decir, Manongo es un Julius de grande, aunque en una parte de la novela, Julius es mencionado por Vilma, su niñera, quien se había metido con uno de los amigos de Manongo. Si mi hermano leía a Vargas Llosa, yo leía a Bryce Echenique; entonces mi madre empezó a regalarme más libros de Bryce. Por ese mismo año 97 Bryce publicaría Reo de nocturnidad, el cual disfruté de un modo diferente –un horrendo insomnio y una historia de amor que no se asemejaba a lo que había vivido durante ese tiempo– pero que con los años comprendí y definitivamente empaticé. A la espera de nuevas novelas, me compraron A trancas y barrancas, un conjunto de artículos periodísticos y crónicas, que apagó un poco mi entusiasmo. Dos años después leí Guía triste de París, donde me enamoré del cuento Deep in a dream of you, y La amigdalitis de Tarzán, donde las cartas empezaron a gustarme y quería ser correspondido por correspondencia. Llegué a la universidad siendo prácticamente un bryceano, y es por eso que uno que otro compañero me llamaba “Bryce”. Durante esos años hasta la actualidad he pretendido leer todas las obras de Bryce Echenique; creo que lo que conseguido; pese a las denuncias de plagio que presentaron en su contra hace algunos años, que ciertamente eclipsaron su obra y su investidura como escritor. Con todo, aún le tengo bastante afecto a sus obras que me acompañaron y me acompañan. Tantas veces Pedro es el único ejemplar que Bryce me ha firmado, pero me ha firmado al menos unas tres veces esa novela en ediciones diferentes, claro está. Cuando he tenido la oportunidad de entablar una breve conversación en dichas firmas de libro, me ha comentado que ese libro es el que más quiere y por ende le tiene un cariño especial. Para mí también.
Ahora que Bryce está de cumpleaños –acaba de cumplir 75 años hoy 19 de febrero– me ha parecido oportuno hacer mi pequeña lista de sus obras que más aprecio, pues aparte de lo fabulosa o no que puede llegar a ser un libro en técnica, estructura, argumento, lenguaje, etc., el afecto por ellas contiene todo eso y más.
Aquí va:
1) Tantas veces Pedro

2) No me esperen en abril

3) Díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire (La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz)

4) Reo de Nocturnidad

5) Guía triste de París
